Por A.M.G. 

En año 1959 la Asociación de Criadores de Caballares le encarga a don José Tagle Ruiz escribir sobre el “Arreglo del caballo a la chilena”.                                                                

“Difícil, porque de todas las reacciones del animal, será el “arreglador” quien deba aminorarlas  o eliminarlas; depende de la capacidad de la persona encargada y muchas veces el dueño del caballo que se arregla que, careciendo de paciencia necesaria  pese a la calidad de su  arreglador éste tiene que ceder por darle el gusto, a exigencias prematuras, las que solo conducen a chancar el caballo en vez de arreglarlo.  

 

El hipólogo Sourdeval dice: “En todas partes el caballo no es más que la expresión neta del hombre que lo ha formado”.

Yo me pregunto porque el patrón actual  desechó su buen caballo para recorrer el campo en una camioneta, ¿se dará cuenta de los destalles?

No le hace apreciar al propietario las bondades de la visión del campo a la altura de su caballo.

Y qué decir de las veranadas  en que el patrón y sus empleados llevaban los ganados al cerro, ahí se probaba la mansedumbre y calidad de los productos y además era un excelente ejercicio. 

Oigamos a un progresista agricultor que en el año 1886 decía lo siguiente: “ya los acaudalados no viajan a caballo; para viajes a la ciudad se sirven del carruaje, al cual ponen los caballos más grandes que puedan encontrar; y este fue el primer golpe que sufrió nuestra raza, porque los más hermosos potros fueron castrados para el coche, y no quebrantados como antes para probar su buena cualidades y dejarlos para padre si sus obras correspondían a su apariencia. Vengo de los tiempos en los que para el 18 de septiembre preparaban con un año de anticipación los caballos en que sus dueños lucían en la pampa; lo más granado de la sociedad, hombres y mujeres, cabalgando en lo mejor que podían presentar”.

 ¿Cuántas son las haciendas de hoy en que los rodeos  duran tres, cuatro y aun sirte días, como duraban en los tantos inmensos fundos que en otros tiempos había?

 Setenta y tres años han pasado y a esa distancia, a un simple enamorado  de su patria y de su campo, de su tierra, su paisaje, de sus tradiciones y costumbres; aficionado al inseparable compañero del hombre de campo, su caballo, le asaltan las mismas inquietudes.

Pido perdón por esta disgresión, más fuerte que mi voluntad.     

Una vez que el caballo este bien trajinado, tranquilo, “atento a la rienda”, es decir que distinga y conozca  que  se le guía y se le ordena, el arreglador con paciencia, sin premura y sin ponerlo malicioso, comienza a enseñarlo a “poner la pata” que es acostumbrar al caballo  a girar sobre la pata del lado que se quiere volver, en el momento en que la apoya en el suelo.   En otras palabras es hacerlo girar sobre la pata del lado que se quiere cambiar de dirección y ese es el instante que la apoya en el suelo.

Este es el primer ejercicio que el arreglador comienza la educación de su caballo.

Tenemos ya el caballo mucho más trajinado, mas asentado en el galope, se ha tranquilizado más y obedece y ejecuta la “media vuelta” y “pone la pata” en forma correcta pero no rápida, lo que no tiene importancia pues no es el momento de exigirle mucho rendimiento.

Con el caballo en estas condiciones  se comienza  la enseñanza de tres movimientos: la Troya, el Ocho y la entrada o Arrastrada de Patas. Lo que debe ser lento, con tino y mucha paciencia, ordenado, constante, gradual y progresivo.

 La Troya debe ser: Troyar en círculo cerrando con vuelta hacia fuera, para entrar a la otra mano, terminando con un alto y media vuelta hacia el jurado.

 Se comenzara haciéndolo en forma muy abierta, un círculo muy grande, para que el caballo asiente el galope y lo haga en forma ininterrumpida. Se comenzará al trote y luego al galope. Una vez acostumbrado a galopar a las dos manos y que sabe volver hacia fuera y entrar a la otra mano, el círculo se irá cerrando de a poco. No olvidemos que la estabilidad del equilibrio, da la medida de la celeridad del movimiento.

No produciéndose inconvenientes tenemos ya al caballo mucho más avanzado en su postura de patas, en la media vuelta y la Troya a las dos manos, volviendo hacia fuera en el cambio de mano, con postura de patas, está asentado en el galope, comienza a desnalgar; todo esto practicado en forma tranquila, lenta espaciada,  asentado en ello, en base a su tranquilidad y corrección.  En cuanto a velocidad o rapidez no son necesarios a esta altura para que el caballo no tome “malicia”.

Luego aprenderá la ejecución del Ocho, que se “efectuará sobre una línea que sirva de eje, no mayor de ocho metros  de largo”.

Este movimiento  es más difícil, por eso tiene en el reglamento más puntaje. La mayor dificultad se presenta  es en el jinete que lo ejecuta, si este no capta con seguridad y desde el comienzo, el largo y la dirección de la línea que él sirve de eje; para hacerlo correcto es necesario hacer un ocho alargado sobre la línea de base indicado, el que resulta más fácil por la naturalidad de su ejecución, evitando  el cambio muy brusco que, en los caballos  no muy asentados en la pata, los hace botar las patas.

  Y llegamos a la prueba más difícil de ejecutar el Volapié. Que es la desnalgada del caballo a la velocidad  con vuelta sobre una de sus patas, conservando la misma línea para hacerla nuevamente a la otra mano sin detención del caballo, terminara con un alto frente al jurado con entrada de pies.

 Este volapié se llamaba antiguamente la “tirá del curao”, en efecto por esos años, casi todos los inquilinos de las haciendas, tenían siempre un buen caballo, el que si no era arreglado, por lo menos se había adiestrado a efectuar este movimiento, pues se había hecho una costumbre que al salir de paseo los días domingos, y volver  juntos y medios “curaitos”, hicieran un “aro” en el camino “para servirse un traguito” antes de finalizar el paseo, o “diligencia” y se reunían varios.

 Fumaban su cigarro hecho de “oja” y “por hacer” y antes de despedirse los más “curados” o “apundados” se desafiaban a “pegar una tirá”.

El diálogo era el siguiente: “oiga pue iñor, ya que venimo contento, demé  un gusto, emprésteme una tirá”, aceptado el desafío, colocaba su caballo por la orilla de la cerca del camino, arrancaba a la velocidad, se sentaba atrás en la montura y antes de sujetarlo, lo abría un poco de la cerca, calculando que pudiera dar bien la vuelta para ese lado, lo sujetaba, lo hacía correr los pies y antes que terminara de desnalgar, le botaba el cuerpo, le daba la media vuelta y repetía lo mismo  la otra mano; ya había “pagado la tirá”. El contrario  se sentía obligado a hacerlo mejor y con “grados de alcohol más evidentes”  hacia la tirá con tal violencia que el caballo tiraba la suelo al jinete.

Sea como fuere lo importante es explicar que esta prueba se hacía desde hace mucho tiempo atrás y el hecho de hacerlo al lado de una cerca obligaba al caballo a seguir una sola línea de carrera.

 La “vuelta sobre parado”.

 Consiste en parar el caballo, colocarlo y darle una o dos vueltas sobre la pata.

 Antiguamente había caballos tan buenos,  seguros y violentos y que colocaban tan bien para efectuarlo, que se solían mover sobre un cuero de animal extendido.

 El montar y desmontar es una prueba  y demostración de docilidad  y mansedumbre del caballo; lo que debe hacerse siempre con naturalidad, sin exageración.

 En cuanto a Retroceder hay que hacerlo un trecho corto, sin exagerar”.      

       

 “Los arregladores antiguos  jamás antes de un año   en estas condiciones, enfrenaban el caballo, y era en esta buena costumbre donde residía el éxito, porque el caballo ya sabía a fondo lo que tenía que hacer, y lo ejecutaba con naturalidad , dentro de la “violencia y corrección” , nunca apurados, siempre ganosos y atinados, dentro de una docilidad y mansedumbre increíble.

 El arreglador es quien decide cuando el caballo está en condiciones  de recibir el freno, lo que es de vital importancia, pues el caballo y no va a aprender nada nuevo que no se le haya enseñado, solo que lo va a hacer con freno”.

“Ahora las cosa han cambiado, hoy día los caballos se doman, se arreglan y están “corriendo vacas” dentro de la temporada, es decir dentro del año de la doma.

 El freno se coloca porque es en base a que es el complemento del arreglo, y su objeto es que sirva por medio de la rienda, de trasmisor de la voluntad del jinete, para indicar al  caballo la orden  de ejecutar los distintos  movimientos enseñados.

Durante todo el tiempo que  se tiene al caballo con el freno colocado en estas condiciones, se va acostumbrado a ”agarrar” el freno, y ya después se le coloca la rienda y se empieza a trajinar el caballo.

Queda en manos del arreglador, la elección del freno que más acomode a la boca de su caballo.  Sin duda alguna en esto descansa una gran parte del éxito del arreglo”.