Tercera parte.

Autor: Luis Alberto Ortiz Sepúlveda

 

 

El Novillo del Silencio.

¡Huaso de palabra ancha!

Este guacho de domingo

marca el tranco de tu huella en nuestras almas.

¡Alguien llama!

blanca senda de etéreas galopadas,

valle de eterna primavera y empastadas celestiales.

Veo a la distancia flamear tu manta

de nostalgias amigo de tardes alumbradas por tímidos fanales.

Huaso franco, silenciaste las cantarinas rodajas

y una tarde de grises, hiciste a la vida una sofrenada.

Cambiaste la mano en la troya al manco bayo

galopando hacia los campos de música eterna, de brisa templada.

Lloras hoy, con mis lágrimas, la ausencia de viejas corridas,

llevándote el sonido de las quinchas, el eco en los corrales.

Relinchos, mugidos, aplausos despiden tu partida,

cabezas descubiertas, ojos nublados te rinden homenaje.

¡Hacedor Supremo!

¡Qué se aparten las nubes y descubra el cielo!

y un rayo de tu luz endilgue al huaso de pretéritos afectos.

¡Capataz!

¡Qué se abran las puertas en la medialuna del recuerdo

y se corra el novillo del silencio...!

 

El Rodeo

El Rodeo, húmedo aroma de tréboles y amanecer de poleos,

paisaje de huasos llanos, de alegres cantoras,

hablares del viejo campo de mi Chile largo,

de ventas de aperos; fiesta criolla,

días de cuecas y tonadas sonoras.

el Rodeo, sabores a tierra en el tiempo perdidos,

cinchas colgando en los postes,

chupallas de paja de trigo, mantas, frenas,

bozalillos, lazos de cuero torcido,

monturas de carpincho y de nogal, tallados,

un par de estribos.

El Rodeo, piños de ganado, caballos briosos,

rincón de recuerdos, de troyas eternas,

de aquella atajada.