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L. Valentín Ferrada y
Sociedad Chilena de Historia y Geografía,

 

 Sergio Martínez Baeza, Presidente de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, tiene el agrado de invitar a la conferencia que dictará don Luis Valentín Ferrada V., con motivo de su incorporación como miembro activo de nuestra Institución.

 El Señor Ferrada expondrá acerca del tema: "Historia del Caballo de Pura Raza

Chilena como Monumento del Patrimonio Cultural de nuestra Nación".

 

Santiago, Junio del 2015

 

 

DISCURSO DE INCORPORACION

A LA SOCIEDAD CHILENA DE HISTORIA Y GEOGRAFÍA

DE DON LUIS VALENTIN FERRADA VALENZUELA

Santiago, 6 de Julio del 2015

 

 

Señor Presidente y Autoridades de la

Sociedad Chilena de Historia y Geografía

Señoras y Señores,

 

 

Don Ramón Laval, en 1923, al incorporarse como miembro de número de esta misma corporación, a la que hizo durante su larga permanencia tan trascendentales aportaciones -  expresó:

 

"Sin méritos suficientes que me indicaran para ocupar un sitio en esta alta Corporación, vuestra benevolencia me llamó a compartir vuestros trabajos; y en verdad que no sé cómo expresaros mi reconocimiento... 

 

Mis pobres producciones suministran datos acerca del mundo campesino y el lenguaje popular de Chile, que pueden tener algún interés, o no tenerlo, según se las contemple, pero carecen del brillo y del relieve que exornan las obras con que vosotros habéis enriquecido las letras y las ciencias de nuestro país ...

 

... Mis aficiones me arrastran a las cuestiones que se relacionan con el saber del Pueblo … allí donde el Pueblo canta sus alegrías y sus pesares, o narra sus interesantes tradiciones y sus sabrosos cuentos; allí donde muestra su saber por medio de sus refranes, acertadamente llamados ‘evangelios chicos’... y su gracia peculiar, y su fonética especialísima, allí he solido estar yo anotando, cuan despacio pude, las desdeñadas, pero admirables producciones del ingenio popular » .

 

Pocos somos los que en nuestro país cuidamos de estas investigaciones, que la generalidad menosprecia por desapego a las cosas nacionales, o porque cree rebajarse yendo hasta el pueblo, o porque no divisa la utilidad de conservar siquiera el recuerdo de sus costumbres, de sus modalidades, tan pintorescas unas, tan peregrinas otras, tan curiosas e interesantes todas, y que tan rápidamente van desapareciendo ... imponiendo el lenguaje, los trajes, los vicios de la urbe inmediata, todas las desventajas, en fin, que consigo acarrean.

 

;Qué cosas propias nos quedarán dentro de poco?

 

En tiempo no lejano, cuanto tenemos de peculiar desaparecerá y nuestro pueblo se confundirá con los demás pueblos sin que cosa alguna le distinga de los otros, sin que por nada especial llame la atención del que viene de fuera a visitarnos.

 

Urge, pues, recoger antes que se olvide, todo cuanto con é1 se relacione, antes que se borre hasta el recuerdo de estas cosas, cuya cabal inteligencia es de valor inapreciable para el psicólogo, para el novelista, para el autor ... si se precian de haber penetrado el sentimiento del alma del pueblo, o pretenden pintar cuadros de la vida real ... ”.

 

Las palabras que me permito  ocupar como introducción de las mías, que siguen ...  ¡92! años después de haber sido pronunciadas  ... pudiera creerse y desearse que, idealmente,  nos  pertenecieran  a todos; o, al menos a todos los que de verdad aman su condición de chilenos y tienen aún de esa condición una  conciencia más o menos despierta en medio del enrarecido y confuso ambiente  en que al presente se desenvuelve  nuestra comunidad nacional.

 

 

La extraña actualidad de esta preocupación que inquietaba  hace un siglo al señor Laval - como también a otros como don Rodolfo Lenz, don Julio Vicuña Cifuentes, don Agustín Edwards Mac-Clure -  y que traigo a vuestra memoria ... ! actualidad asombrosa ... por decir lo menos ! podrá considerarse por ustedes como un buen fundamento para mi  propósito de presentar ante esta Sociedad , con  dignidad,  un tema que en apariencias,  uno o muchos podrán  considerarlo modesto y, en todo caso,  quitado de toda bulla intelectual como ha sucedido desde antiguo con casi todo cuanto emana de nuestro registro cultural campesino: un algo de la historia del caballo de raza chilena, fruto de nuestros campos y de nuestros campesinos, protagonista fiel en todos los episodios de mayor relieve que nuestra historia nacional registra y celebra.

 

Pero,  antes de entrar de lleno en el tema que anuncio, permitido me sea hacer  una digresión ( o un 'rodeo') que tiene verdadera importancia intelectual respecto de este mismo asunto. 

 

Desde que nuestro registro cultural urbano - siempre bien afianzado e impulsado por las diferentes y sucesivas modas,  díscolas y en continuo cambio,  sumadas a la tendencia psicológica irrefrenable del chileno medio (que lo hace  permeable hasta los extremos aún del rídiculo)  a la copia bastarda de todo cuanto viene 'desde afuera', convenció  a una mayoría de nosotros,  al menos durante la segunda mitad del siglo XIX y todo el siglo XX, que solo sus propias expresiones eran las únicas que podían considerarse propiamente 'culturales' , al paso que  negó desdeñosamente casi todo aquello que brotaba de los latidos auténticos del alma nacional, la mayor parte del pensamiento nacional - si no todo - relegó a nuestro registro cultural campesino y popular al último patio de la casa común, sometiéndole al trato humillante de la ' Cenicienta', la princesa oculta y secuestrada.

Se impuso en nuestra sociedad la idea de que 'lo cultural' solo  pertenecía a la llamada 'urbanidad' y, con marcado desprecio por lo verdaderamente nuestro, se relegó la 'ruralidad' hacia el plano de 'lo inculto' de lo cual nada valorable podría provenir.

 

Fenómeno de psicología social que afectó gravemente a nuestra identidad nacional  - al parecer como  resultado de hondos complejos de psicología social no resueltos hasta ahora y, quizás también,  de extrañas influencias ideológicas promovidas sinuosamente con el propósito de extraviar a nuestra comunidad nacional de los caminos propios de su destino fundacional   - afectando por largos años la personalidad y carácter  de nuestra sociedad como a pocas otras naciones de Hispanoamerica. 

 

Posiblemente fue don Alberto Blest Gana, escribiendo sobre lo nuestro desde la distancia de París, donde servía como nuestro Embajador,  uno de los primeros en advertir sobre esta perversa característica que ya en el siglo XIX amenazaba a nuestra sociedad, y de ello es ejemplo  su "Martín Rivas",  cuya irónica trama bien se conoce.  

 

En ninguna nación de Europa, como tampoco en América -  en sociedades como la argentina, la peruana o la mexicana, siempre dadas a rendir culto a todo aquello que les es propio - se observa tan agudamente, como sucede con nosotros, un fenómeno similar de indigna especie de verguenza por aquello que realmente somos como ocurre  entre chilenos,  algo que en los días del presente suele disculparse con aquello de los 'inevitables efectos de la globalización' universal.

 

En Chile se ha despreciado por mucho tiempo los latidos del alma de nuestro pueblo, especialmente el campesino, considerándolo ‘vulgar’ ; sin advertir que era de aquella alma popular de la cual brotaban los más auténticos elementos que conforman la sustancia de  nuestra identidad nacional. Como inevitable consecuencia de lo anterior se olvidó, también,    que era en esta alma campesina, en su humilde modestia, donde se habían preservado y aún se preservan con fidelidad inigualable los valores y tradiciones con los cuales se forjaron los cimientos de nuestra nacionalidad.   

 

No siempre ocurrió de tan mala manera en el pasado.

 

Los latidos del alma de nuestro pueblo fueron en días más luminosos motivo de la atención y del aprecio de muchas personalidades de sabiduría e inteligencia despierta, y entre ellos  hubo muchos, dotados de fuerte personalidad y firme carácter,  que  iluminaron los desvelos y labores de esta antigua sociedad.

 

Es posible recordar - como ejemplo de lo anterior - a la mayor parte de nuestros cronistas o historiadores coloniales ; y, más adelante, ya  independiente Chile , a personalidades tan importantes para el desarrollo de las ciencias históricas y naturales en nuestro país y las letras,  como don Claudio Gay, don Benjamín Vicuña Mackenna,  don Zorobabel Rodríguez, don Nicanor Molinare, don Agustín Edwards Ross, don José Toribio Medina, don  Guillermo Subercaseaux, don Uldaricio Prado, don Eugenio Pereira Salas, don Francisco Antonio Encina, don Agustín Edwards Mac-Clure (los dos últimos grandes criadores y defensores de la raza de nuestros caballos ), don Rodolfo Lenz, don Julio Vicuña Cifuentes, don Ramón Laval, don Tomás Guevara en lo que toca a las antiguas costumbres de nuestro pueblo mapuche,  don René León Echaiz, don Tomás Lago y, en la literatura, a don Eduardo Barrios, don Ignacio Verdugo Cavada, don Luis Durand, don Ricardo Latcham, don Mariano Latorre,  tan solo por citar algunos entre otros muchos principales.

A los nombres recordados deben sumarse los de otros muchos visitantes extranjeros que dejaron testimonio del Chile que conocieron y, en cuyas obras se encuentra el registro campesino representado por  el caballero chileno - el huaso - como figura representativa típica de nuestra nacionalidad.

 

Gran  número de las personalidades  mencionadas  hicieron parte de esta Sociedad y, principalmente, hicieron parte de  aquella época en la cual el 'pensar a Chile y en Chile ' fue una vocación rectora que ordenó los desvelos y esfuerzos de nuestra intelectualidad, algo que con tanta urgencia las circunstancias actuales reclaman.

 

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Deseo pues, en esta ocasión tan honrosa para mí, hablaros de un asunto importante para el mundo de nuestra cultura campesina.

 

Deseo deciros algo acerca del 'Caballo de Pura Raza Chilena', de su historia y desarrollo de cinco siglos, de quienes lo hicieron posible,  y de la feliz situación que ha alcanzado actualmente al haber sido reconocido como Monumento Natural y Cultural de nuestro Patrimonio Nacional, mediante Decreto Presidencial de abril del año 2013, al amparo del Tratado de Washington de 1948.

 

Podrá quizás decirse que en el tiempo ido de nuestra historia , la  atención  intelectual por la figura humana del huaso y su caballo pudo deberse al hecho de haber experimentado Chile, durante cuatro siglos, un desarrollo social y económico eminentemente agrario, de conquista y poblamiento, lo que a falta de los medios mecánicos modernos hizo del caballo un protagonista central en toda clase de actividades.

 

Empero, si lo anterior es cierto, no menos lo es el  hecho de que en el imaginario ideal de nuestro mundo campesino y popular , a pesar de todos los avances incesantes que han modificado en el último siglo nuestras costumbres y hasta nuestra forma de ser, el caballo chileno y su caballero continuaron invariablemente manteniendo su vigencia con vitalidad admirable.

Vitalidad que se expresa en la circunstancia de haberse alzado el huaso y su caballo, sus atuendos y sus modos, su música, sus bailes  y sus manifestaciones artísticas o artesanas,  como  símbolos  que,  al interior del país  y en el exterior,  hablan con solo verles  u oírles de aquello que hemos dado en llamar  ‘chilenidad’.   Lo más propio de nuestro mundo campesino vino a constituirse, con el correr del tiempo y a pesar del aparente desprecio urbano,  cuanto más identificó con su carácter el alma de Chile.  Y esto pudo deberse, con seguridad, a  que mientras nuestro pueblo campesino  templó su escudo y sus armas en fragua propia e inconfundible… la ‘urbanidad’ se dio a la copia acomplejada y absurda de la influencia extranjera de moda, recogiendo de ella generalmente no lo bueno ni mejor sino, la más veces,  lo más pobre  y sin valor de aquellas importaciones.

 

Este simbolismo de identidad nacional que emana desde las antiguas vertientes de nuestro mundo campesino - si bien se piensa -  obedece a múltiples razones que exceden  con mucho a las razones de las bellas artes, de la creación artística superior, del intelecto que vuela alto a través de las esferas de la filosofía, de la psicología social o de la   economía.

 

Este simbolismo nacional que sintetiza en una  sola forma de ser y de sentir humano los diversos elementos que conforman una  identidad nacional, para alcanzar tal privilegio, ha debido  emanar de sentimientos que emergen desde  las hondas profundidades  de una psicología que hunde sus raíces allí  donde se entrelazan con otras también antiquísimas, y que - cosa curiosa - dan cuenta de la misteriosa sobrevivencia de  un sentido de la vida en la cual aquellos valores  humanos representados por la idea de lo  'caballerezco’ aún perviven y, en su nobleza, aún dan batalla cada día frente a los desafíos inmensos de la vulgaridad rampante que nos acosa.

        

Por afirmar lo que afirmo – los que no conocen el mundo campesino chileno ( el de hoy, no el de ayer) – podrán acusarme de padecer de un romanticismo excesivo, y sostener que solo en sueños y fantasías es posible creer como creo. Sin embargo … allí está la realidad que nos muestra, en cada rincón de nuestro país, a lo largo de un  territorio que se extiende desde el desierto del norte hasta los hielos del sur, al caballo chileno y sus caballeros cruzando al galope por todos esos escenarios,  con un espíritu, una estampa, un brío, portador de tradiciones y valores que, con solo observarlos, traen a la memoria el recuerdo vivo de las antiguas jornadas que han jalonado nuestra historia de cinco siglos.

        

Pues bien, de ser cierto aquello de que nuestro continente vio por vez primera al caballo, traído desde España en los primeros días del ‘descubrimiento de América’ - (dogma de fe en el que hemos creído por quinientos años pero que,  cada vez se discute con mayor energía, como lo ha hecho doña Luisa Alvarez de Toledo [1], última Duquesa de la casa Medina Sidonia, nieta de don Antonio Maura, quien documentadamente ha puesto en dura tela de juicio aquello de que América haya sido descubierta por primera vez por Colón) – la historia del caballo en Chile comienza en 1535 con la llegada a nuestro territorio de la hueste de don Diego de Almagro e inmediatamente después de sus capitán don Juan de Herrada. La sigue en segundo capítulo nunca más interrumpido, con la conquista de don Pedro de Valdivia y, principalmente, con el primer criadero establecido formalmente bajo su disposición,  en las encomiendas de Quillota y Melipilla, (estancia de Pico) por quien llegaría a ser el primer Obispo Católico de Chile, el fraile don Rodrigo González de Marmolejo.  

 

Primera realidad prontamente acrecentada en número y calidad tanto por las partidas especialmente traídas desde el alto Perú por don Alonso de Monroy y, luego,  por los ejemplares traídos por el  joven e impetuoso don García Hurtado de Mendoza quien, a fuer de un gran carácter que con rara facilidad se desbordaba, unía entre otras condiciones las de ser un gran jinete aficionado a las justas y torneos,  donde caballos y caballeros gustaban de poner en juego no sólo sus aptitudes de habilidad, fuerza y coraje sino, más, las de su honor y prestigio personal. Rasgo típicamente renacentista  que, como bien se sabe, llegó poco tiempo después a  costar la vida en aquellos lejanos tiempos a otro conocido Gobernador del Reino, don Gabriel Cano y Aponte.

Los antiguos cronistas, atendida la importancia que prestaban a las cabalgaduras,  nos legaron no solo la narración de escenas históricas en que participaron los primeros caballos nacidos y criados en Chile, sino con detalles inusuales sus nombres, el color de sus pelajes, sus cualidades y la designación de sus respectivos propietarios.

En los viejos archivos judiciales se encuentran variadísimos episodios llevados hasta los estrados de la Real Audiencia bajo las exigentes formalidades de todo proceso importante en los cuales el caballo es el objeto principal de las desavenencias : robos, denuncias de intervenciones diabólicas en carreras y justas, apropiaciones indebidas, graves litigios por herencias.

 

Fueron aquellos primeros trescientos años de Chile – no necesito decirlo – años de continuas luchas de muchas clases. No me refiero únicamente a la prolongada Guerra de Arauco (que como puede verse aún no concluye del todo) y en las cuales fue el caballo el arma poderosa y decisiva, no solo para el conquistador español que lo había incorporado sino para el pueblo nativo que, en cosa de minutos para la historia, se había convertido desde los tiempos de don Pedro de Valdivia en grandes criadores y grandes jinetes.

 

 Luchas contra el territorio que se debía domeñar y hacerlo productivo; años de senderos y trayectos de jornadas interminables; años de bosques nativos y de tierra sin linderos; años de rancherías y de sacrificios físicos que la persona moderna no ha conocido en la mayor de sus pobrezas; años de vidas cortas, donde la salud no podía apoyarse sino en una medicina ‘herbolaria’ proporcionada por la tradición oral o la magia curandera.

 

Era aquél Chile naciente  - el Flandes Indiano - el más duro campo de prueba en el que podían rendir certamen personas que, desde los más variados punto de vista, debieron poseer condiciones extraordinarias de valor.

 

Los caballos de tales personas, piedras fundadoras del edificio espiritual de nuestra nacionalidad, debieron ser como ellos mismos. Tal como los ha descrito magistralmente Santos Chocano en su poema ‘El Caballo de los Conquistadores’:

¡Los caballos eran fuertes!

¡Los caballos eran ágiles!

Sus pescuezos eran finos y sus ancas

relucientes y sus cascos musicales...

No! No han sido los guerreros solamente,

de corazas y penachos y tizonas y estandartes,

los que hicieron la conquista

de las selvas y los Andes:

.........

estamparon sus gloriosas herraduras

en los secos pedregales,

en los húmedos pantanos,

en los ríos resonantes,

en las nieves silenciosas,

en las pampas, en las sierras,

en los bosques y en los valles.

.....

 

soportando las fatigas,

las espuelas y las hambres,

bajo el peso de las férreas armaduras,

cual desfile de heroismos,

coronados entre el fleco de los anchos estandartes

con la gloria de Babieca y el dolor de Rocinante.

 

En mitad de los fragores del combate,

los caballos con sus pechos arrollaban

....................

Y, así, a veces, a los gritos de "¡Santiago!",

entre el humo y e fulgor de los metales,

se veía que pasaba, como un sueño,

el caballo del apóstol a galope por los aires

....

Se diría una epopeya

de caballos singulares

que a manera de hipogrifos desolados

o cual río que se cuelga de los Andes,

llegan todos sudorosos, empolvados, jadeantes,

de unas tierras nunca vistas,

a otras tierras conquistables.

......

Y en las pampas y confines

ven las tristes lejanías

y remontan las edades

y se sienten atraídos

por los nuevos horizontes:

Se aglomeran, piafan, soplan, y se pierden al escape.

 

Detrás de ellos, una nube,

que es la nube de la gloria,

se levanta por los aires.

 

 

Superado el tiempo del ‘Antiguo Testamento Colonial de Chile’, y cuando recién se abrían las puertas hacia el ‘Nuevo Testamento', de Libertad e Independencia, debió entonces el  mismo caballo, ya con tres siglos de edad en sus cascos y lomos fuertes adaptados a nuestra difícil geografía, seguir a sus dueños en todas las jornadas de mayor gloria de la Patria que nacía.

 

Desde todos los pueblos y villas del país salieron los caballos chilenos hacia El Roble, Linares, Yerbas Buenas, Rancagua; cruzaron entonces la alta montaña hacia Mendoza, y volvieron con briosos pasos a Chacabuco, Maipú… conduciendo sin descanso a los soldados portadores de las antorchas encendidas de libertad que comenzaban a iluminar la nueva era. Los caballos de O”Higgins, Carrera,  Bueras, Rodríguez, Freire, Pinto , que corrían incesantes de uno a otro lado sin fatiga posible sosteniendo el nuevo ideal. Y después Lircay, Loncomilla, y hacia el norte con don Manuel Bulnes a la cabeza... y hacia el sur... combatiendo el bandidaje  de las últimas resistencias realistas o imponiendo orden en la entonces lejana araucanía.  

 

 Y entre tanto, otros arando y cultivando la tierra para asegurar el alimento  de nuestro pueblo ; transportando pesadas cargas de un sitio a otro; en la montaña, la ciudad o el pueblo; sirviendo infatigables las más diferentes tareas, todas extenuantes.

 

Cuando ya la patria asentada, al correr la medianía del siglo fundacional,  mientras todo semejaba más orden dentro de un nuevo orden,  en el cual el trabajo y no la guerra parecía  la preocupación general, sobreviene el nuevo desafío y, entonces, los caballos nuevamente hacia el Norte … cruzando el desierto como trescientos años antes con don Diego de Almagro y sus hombres, o don Pedro de Valdivia y los suyos … para llegar hasta Lima, al  llamado de la Patria que les requería. Se sabe que más de veinte mil caballos chilenos se movilizaron en aquella épica jornada de 1879, tomados improvisadamente  desde nuestros campos y, como sus mismos jinetes hechos soldados de la noche a la mañana protegidos solo por el duro acero de su  espíritu, sin más entrenamiento que el de la lucha misma.

 

De regreso… había que  ir ahora a las campañas de pacificación del sur; enfrentarse unos y otros en la trágica guerra civil de 1891 y,  además,  vamos arando y cultivando la tierra…  sosteniendo el transporte privado y público de nuestros abuelos y con toda la carga sobre sus nobles lomos.

 

Dos pequeños ejemplos de esto último: en 1890 y hasta largo después, para cubrir la distancia entre Santiago y Melipilla se tomaban los coches de posta que partían desde la Quinta Normal, y se hacía ese trayecto ‘expreso’ en seis horas de no mediar inconvenientes, cambiando los caballos de tiro en tres puestos diferentes. En invierno, ese mismo viaje se extendía por dos horas más. Asimismo, para entonces, lo más común del transporte público en nuestra capital eran los llamados ‘carros de sangre’ sobre líneas férreas que cruzaban la ciudad… tirados por caballos. Todo esto sin contar con los carretones de mudanzas o ‘golondrinas’ , del panadero, del lechero, del aguatero, de nieve, y los coches de familia.

 

Fue entonces que un visionario grupo de personalidades advirtió cuánto se debía a nuestro caballo – que hasta entonces se le conocía como ‘caballo del país’, para diferenciarlo de otros de razas más elegantes y extranjeras que habían ingresado recientemente al país por moda o cuestión de copias – y cuánto reconocimiento era necesario concederle a sus extraordinarias condiciones morfológicas y funcionales.

 

En la antigua Sociedad Nacional de Agricultura, a impulso de algunos socios encabezados por su Presidente, don Raimundo Valdés, se concibió la idea de crear y establecer un Registro Genealógico del caballo chileno para sentar sobre esa base la existencia de una raza propia e inconfundible.

 

Este Registro, creado en 1893,  que se lleva en la forma más científica y cuidadosa hasta el presente, se constituiría en los hechos en el segundo más antiguo de su clase dentro del mundo occidental. Habían precedido a esta circunstancia, algunas exposiciones caballares (organizadas al entonces en la Quinta Normal de Agricultura) a partir de 1856 -  que fue la primera-  dirigida por don Benjamín Vicuña Mackenna quien, bien se sabe, ‘qué cosa no hizo’ en sus 54 años de vida, en palabras de Rubén Darío. En dichas exposiciones figura el caballo de raza chilena por primera vez, presentado por don Agustín Edwards Ross y su madre, doña Juana, llamado el Guante, del cual descienden todos los principales ejemplares actuales. Tarea que luego siguió don Agustín Edwards Mac-Clure, uno de los primeros y más importantes organizadores de esta Sociedad, abuelo del actual Presidente Honorario de la Federación de Criadores de Caballos Chilenos, don Agustín Edwards Eastman.

 

Fue, a partir de aquél año de 1893 – cosa curiosa – mientras se iniciaba el período triunfal de la máquina que vendría a reemplazar la fuerza animal en todo orden de cosas, dejando atrás de tal multitud de funciones  a toda clase de carretas, carretones, coches,  arados, cañones, bueyes, mulares,  y caballos, que este último  iniciará  no el camino al olvido y al abandono como pudiera haberse pensado sino, por el contrario, la etapa en la cual bajo permanente e ininterrumpido perfeccionamiento de las condiciones propias de su raza, tanto en lo morfológico como en lo funcional, llegará al año 2013 -  casi cinco siglos después de la conquista de Chile -  a elevarse en el pedestal de nuestros monumentos nacionales culturales y naturales.

 

Grandes artífices de esta obra natural y cultural habían sido, entre los principales,  don Pedro de las Cuevas, en Rancagua, don Patricio Larraín en Aculeo y Mallarauco, don Pacífico Encina en Linares y Loncomilla, don Agustín Edwards Ross y su madre, doña Juana, en sus ‘campos modelos’ del valle de Quillota, los señores Valenzuela en Melipilla, Torrealba en Chépica, Correa Ovalle y Correa Valenzuela en Graneros, García-Huidobro en  Pirque, Hurtado en Colchagua y Maule, el señor Campino en Paine y  Quilicura,  y así otros - no se piense que muchos más -  los que   de existir tiempo disponible con justicia debieran mencionarse.

 

A los anteriores  vino felizmente a unirse una nueva generación de chilenos poseídos de un fuerte sentimiento de nacionalidad, entre los que destacan don Francisco A. Encina, los señores Letelier, don Miguel y don José, los señores Letelier Velasco de Talca, principalmente don Gil y su cuñado don Carlos Ibáñez del Campo, don Diego Vial, don Tobías Labbé,  y aún por sobre ellos  el gran zootecnista y Director de la Quinta Normal, don Uldaricio Prado,  quienes desde los inicios de aquél siglo de tantas nuevas luces para las ciencias aplicadas hicieron suyo el legado de sus padres conservando y engrandeciendo la crianza del caballo chileno el que, en adelante, sería no ya más el ‘burro de todas las cargas del progreso nacional’ sino, de una parte, el compañero ideal en los grandes días de fiestas nacionales y de las jornadas cotidianas del trabajo agrícola  creador y, por otra, uno de los  símbolo más expresivo de ese hermoso concepto que hemos dado en llamar ‘chilenidad’.

 

En 1914, don Uldaricio Prado dió a luz pública su obra ‘El Caballo Chileno’ y su historia al entonces de cuatro siglos, en la cual definió  todo lo tocante a sus condiciones de funcionalidad entre otros muchos aspectos del mayor interés para la zootecnia y la historia.

 

En los años que van entre 1927 y 1931, se habían dictado las primeras medidas gubernamentales y reglamentaciones  oficiales que se conocen sobre el caballo chileno y la principal de sus fiestas o torneos: el rodeo chileno.

 

En 1936, a solicitud de don Francisco A. Encina y don Miguel Letelier Espínola, el escultor chileno don Federico Casas Basterrica,  plasmó en bronce,  bajo la atenta mirada experta de los primeros,  una estatua del caballo chileno denominada ‘sello de la raza’, la que definió el ideal morfológico de la estirpe.

 

En 1946, se fundó la Asociación de Criadores de Caballos Chilenos, sociedad que reunió a todos los principales cultores  de nuestro caballo que existían en el país, antecesora de la actual Federación de Criadores de Caballos Chilenos, institución que tiene la obligación legal de ser tutora de la raza.

 

Al presente la presencia del caballo chileno puede encontrarse desde la Región de Arica hasta la de Punta Arenas. Criaderos hermosos pueden hallarse en los viejos ‘ayllus’ de San Pedro de Atacama y, también,  en los nevados campos de las Torres del Paine.  Unos cinco mil ejemplares se inscriben cada año en el Registro Genealógico histórico al que nos hemos referido. Y,  si de contar jinetes se trata, dicho número se multiplica incontables veces en  hombres y mujeres que han hecho de la práctica de los deportes, juegos, fiestas  y expresiones populares donde el caballo chileno juega un rol central, una pasión de sus vidas.

 

Extraña y feliz demostración de la fuerza y actualidad que cobran ciertas cosas muy antiguas de nuestra historia, cuando es el espíritu patriótico el que las sustenta y alienta.

 

Señoras y Señores: bien comprendo que no me es posible extenderme más en una ocasión como ésta en la que me he limitado, lo más rigurosamente posible, a traer  algunas noticias acerca de un latido de nuestra alma campesina y popular que, gracias a Dios, aún   palpita fuerte  al interior de nuestros campos.

 

Son latidos de un alma que, posiblemente, a muchos de ustedes les evoque ciertos tiempos en los cuales la grandeza de Chile tuvo oportunidad de exhibirse con todo el brillo de sus mejores joyas tradicionales.

 

Si se observa bien, lo verdaderamente novedoso que podreís encontrar en esta pequeña conferencia que ofrezco humildemente  al integrarme a la Sociedad Chilena de Historia, no consiste en que os haya hablado de cosas del pasado que hoy ya no existen, como suele suceder con la mayor parte de los asuntos de la historia.

 

No. Muy por el contrario.  Les he hablado  hoy de cosas del pasado pero que, al presente, gozan de muy buena salud en la conciencia de nuestro mundo campesino. Nada de lo que he dicho duerme sin mayor interés  en el  gran museo de las cosas muertas que el viento de los tiempos se llevó.

 

Hay en todo esto una lección y una esperanza viva : y es que mientras existan - entre nosotros los chilenos -  un puñado siquiera de hombres y mujeres por modestos que les supongan bachilleres, letrados, eruditos, doctos, sabios, versados o 'leidos' ...  en cuyos corazones palpiten los valores y tradiciones del Chile verdadero, con todas las emociones  y sentimientos que de tales valores naturalmente emanan, podremos tener la certeza de que el verdadero espíritu fundacional de nuestra Patria jamás será aherrojado.  

 

 

[1] Luisa Isabel Álvarez de Toledo, Duquesa de Medina Sidonia, ha publicado un libro que contiene afirmaciones tan osadas como intrigantes[1]. Todo ello, apoyada en el cúmulo de antecedentes que le proporciona un amplio y verídico archivo histórico de propiedad de la casa ducal que preside,   compuesto por manuscritos, documentos y  textos inéditos para la historia oficial que conocemos sobre el descubrimiento de América. La Duquesa sostiene, en el fondo, que la historia oficial contada sobre  la legendaria empresa de Colón no es cierta ni verdadera; que se trataría de una impostura política inventada por motivos del mismo orden o naturaleza; y que, en suma, América era perfectamente conocida desde mucho antes de los años finales del 1400, y que las relaciones comerciales y de otras clases entre ella y Europa eran, para entonces, cosa vieja y concurrida en abundancia.